La llegada de la ópera a Chile durante el siglo XIX se enmarca en un proceso más amplio
de transformación cultural posterior a la independencia. En un contexto de construcción del
nuevo Estado, las élites chilenas impulsaron un proyecto civilizatorio que miraba hacia
Europa —especialmente Francia e Italia— como modelo de refinamiento artístico y social.
La música, y en particular la ópera, ocupó un lugar central en este proceso, no solo como
expresión estética, sino también como herramienta de formación cultural.
Una figura clave en esta etapa fue Isidora Zegers, quien, nacida y formada en Europa
—donde estudió arpa, guitarra, piano y canto bajo la tutela del músico italiano Federico
Massimino—, introdujo en Chile el gusto por el repertorio lírico italiano, especialmente el
de Rossini. En 1826 fundó la Sociedad Filarmónica de Santiago, una de las primeras
iniciativas musicales de proyección pública en el país, orientada principalmente a los
círculos de la élite. A través de conciertos periódicos —distintos de la música de salón y de
las tertulias privadas—, esta institución reunió a aficionados y profesionales en torno a la
música culta, contribuyendo tanto a la proyección del gusto europeo como a su circulación
dentro de la élite santiaguina.
Este proceso preparó el terreno para la llegada de compañías líricas desde el viejo mundo.
En 1830, la compañía italiana Pezzoni-Bettali presentó en Valparaíso la ópera semi-buffa
L’inganno felice, de Rossini, marcando el inicio de la ópera como espectáculo en Chile.
Desde entonces, su presencia se consolidó progresivamente, primero en espacios
improvisados y luego en teatros formales como el Teatro Victoria de Valparaíso (1844), el
Teatro El Rojo de Copiapó (1848) y, finalmente, el Teatro Municipal de Santiago (1857). El
repertorio belcantista de compositores como Rossini, Bellini y Donizetti contribuyó a
formar el gusto del público y a establecer una tradición lírica en el país.
Paralelamente, la institucionalización de la enseñanza musical fue fundamental. La
fundación del Conservatorio Nacional de Música en 1849 respondió a la necesidad de
profesionalizar la formación artística. Inspirado en modelos europeos como el Conservatorio de Milán, este espacio permitió sistematizar la enseñanza del canto y de los
instrumentos, consolidando una base técnica para el desarrollo musical chileno.
Desde mediados y hacia fines del siglo XIX, la llegada de músicos europeos
—particularmente italianos— reforzó este proceso. Figuras como del destacado director de
orquesta y compositor Ettore Contrucci desempeñaron un papel decisivo en la
modernización del conservatorio, introduciendo nuevas metodologías y elevando los
estándares de formación. Su labor pedagógica, junto a la de otros maestros, permitió formar
a generaciones de músicos chilenos, fortalecer los vínculos con la tradición europea y,
gracias a la sólida formación impartida, facilitar que algunos de estos músicos viajaran a
perfeccionarse en Italia. Este proceso no solo amplió sus horizontes artísticos, sino que
también les permitió componer óperas chilenas en italiano, considerado el idioma universal
de la ópera por su propia tradición histórica. Con ello surge, por ejemplo, La Florista de
Lugano, considerada la primera ópera chilena, compuesta por Eleodoro Ortiz de Zárate
quien se formó inicialmente en Chile bajo la tutela de Ettore Contrucci y luego perfeccionó
sus estudios en el Real Conservatorio de Milán. La obra fue representada en 1895 en el
Teatro Municipal de Santiago.
Así, la ópera en Chile no fue un fenómeno aislado, sino el resultado de un proyecto cultural
sostenido en el tiempo. Su desarrollo contribuyó a la profesionalización de la música y a la
construcción de una identidad artística que, sin renunciar a sus influencias europeas, buscó
proyectarse con voz propia en el escenario cultural.
Javiera Tapia
Soprano lírica e investigadora
