En una conversación a corazón abierto, Javiera Tapia reflexiona sobre su viaje de la
lírica a la investigación patrimonial, el valor de educar audiencias desde la infancia
y por qué el arte nos invita a volver a mirarnos a los ojos.

Javiera Tapia es una soprano lírica, investigadora y gestora cultural atacameña que,
desde Italia, mantiene un diálogo constante y activo con las raíces de su país. Con una
sólida trayectoria en la interpretación y la gestión, Javiera ha volcado su arte hacia una
dimensión colectiva: rescatar la memoria musical chilena y democratizar el acceso a la
cultura. Proyectos como su investigación sobre Eleodoro Ortiz de Zárate y el documental
De la partitura a la voz dan cuenta de su sello personal: entender el escenario no solo
como un fin, sino como el punto de partida para conectar con la comunidad, educar
audiencias y descentralizar el arte.

Cuando miras el camino que has recorrido para llegar hasta aquí, ¿qué ha sido lo
más difícil y qué ha valido realmente la pena?

Lo más difícil ha sido, sin duda, la distancia. Emigrar implica dejar tus raíces, a tu familia y
a tus amigos. Te pierdes momentos irrepetibles, como el nacimiento de los hijos de tus
seres queridos, y aprendes a valorar cosas que antes dabas por sentado.

En este camino también fue duro aprender a poner límites. Decir “no” me costó tanto que,
literalmente, me quedé sin voz en dos ocasiones y tuve que iniciar tratamiento con
fonoaudiólogo. Fue un despertar: entendí que hoy mi voz es la que manda y ya no busco
“guías supremos”. De hecho, hoy trabajo con un vocal coach estupendo que me encanta
justo por eso: porque no me frena, sino que deja que mi voz salga libre y sin disfraces.

Lo que realmente ha valido la pena de todo esto es que no fue solo un cambio de país,
sino un viaje de profunda introspección. Aprendí a poner mi arte y mis conocimientos a
disposición de los demás, anteponiendo lo que para mí es no negociable. Además, hoy
tengo la fortuna de volver a Chile al menos una vez al año para recargar energías,
reencontrarme con esa picardía chilena que tanto me hace falta, estar con mi familia y
colaborar en proyectos que de verdad resuenan conmigo.

Has desarrollado una carrera como soprano, pero también te has convertido en
investigadora y gestora cultural. ¿En qué momento entendiste que tu vínculo con la
música iba mucho más allá de subirte a un escenario y cantar?

Entendí que no me interesaba brillar sola; creo que el brillo se comparte, ya sea ayudando
y potenciando a otros, o dándole luz a historias y música que estuvieron en las sombras
por mucho tiempo.

Tomar este camino me costó muchas críticas y perder amigos que nunca entendieron que
yo no quería enfocarme solo en mí, sino contribuir a algo mucho más grande y colectivo:
nuestro patrimonio musical docto chileno, en un momento donde nadie hablaba de eso.

Creo mucho en la energía y en que todos estamos conectados. Pensar de manera
individual y con egoísmo siempre te va a poner un techo.

Has trabajado acercando la música a niños y a comunidades donde muchas veces
la oferta cultural es muy limitada. ¿Qué has visto en esos encuentros que te haya
hecho entender el verdadero poder que puede tener la cultura en la vida de una
persona?

En 2024 tuve la oportunidad de hacer una gira por Atacama apoyada por el GORE —a
cuyos evaluadores agradezco por haber entendido el proyecto—. Me presenté en cinco
ciudades porque no me interesaba cantar solo en el Teatro de la capital regional; quería
llegar a todos los rincones, y agradezco a los directores de los centros culturales que me
abrieron las puertas. Las personas que somos de región no podemos permitirnos tener
mentalidad centralista. Hacer conferencias además de los conciertos me permitió dialogar
con las personas, quienes —a diferencia de lo que muchos creen— tienen mucha hambre
de cultura.

A la par de la gira, y fuera del proyecto principal, quise llegar a los más pequeños. Canté
para niños de jardines de la red INTEGRA (a la cual pertenecí de pequeña) en alianza con
un colegio de niños TEA. Llevé un espectáculo pensado en ellos, con títeres de Gabriela
Mistral y Eleodoro Ortiz de Zárate. Interactuaron toda la obra y, cuando canté, se
quedaron en un silencio impresionante, conociendo algo nuevo. Mi experiencia en ópera
para niños y educación de audiencias en Italia me ayudó mucho a encontrar el lenguaje
para conectar con ellos.

Y el sentido de esa educación de audiencias lo vi ahí mismo: en enero de este año, hice
una pequeña intervención musical en Huasco, organizada por el Centro Cultural y una de
las niñas que me había visto en las actividades del 2024 fue a verme. Verla llegar al
concierto fue algo profundamente gratificador, porque reflejó el impacto real de lo que
estábamos sembrando.

Hoy muchas personas viven bajo mucha presión, cada vez más conectadas a la
tecnología y, paradójicamente, muchas veces más desconectadas entre sí. ¿Crees
que los espectáculos culturales pueden convertirse en esos espacios donde
volvemos a encontrarnos, dialogar y compartir una experiencia común?

Absolutamente. Chile es hoy uno de los países con mayor preocupación por la salud
mental a nivel mundial, un deterioro severo que venimos arrastrando desde la
postpandemia. Frente a esto, contamos con sólida evidencia neurocientífica sobre cómo
la música clásica beneficia el bienestar emocional: es una herramienta poderosa para
reducir el estrés, regular el ánimo y complementar tratamientos. Necesitamos integrarla
de verdad y priorizar la prevención. La cultura y el deporte deberían ser nuestros mejores
aliados, pero siento que en Chile esos beneficios todavía se perciben como un privilegio
de pocos.

Los eventos artísticos nos invitan a reconectar con la sociedad. Por eso, en mis
conferencias siempre procuro incluir un cóctel de cierre: es un espacio profundamente
enriquecedor para dialogar, compartir lo aprendido y reflexionar sobre nuestras vivencias.
Lejos de ser un gasto innecesario, este tipo de encuentros permite que las personas se
descubran y conecten genuinamente.

En Europa estas instancias están muy normalizadas como modelos de convivencia que
humanizan y fortalecen el tejido social. Es momento de replicar lo que funciona y volver a
encontrarnos. Al chileno se le exige muchísimo en el día a día; es hora de volver a
mirarnos a los ojos.

Desde tu experiencia viviendo en Italia, has visto cómo la cultura impulsa el
turismo, el empleo y el desarrollo económico. Frente a la realidad chilena, ¿qué nos
falta por aprender de ese modelo y cómo te preocupan los recortes de
financiamiento que terminan aislando a las regiones sin acceso al arte?

La gran mayoría de los centros culturales en Chile sufren de una cartelera muy escasa
porque dependen casi exclusivamente de la intermitencia de los fondos concursables. En
mi gira de 2024 fui testigo directo de cómo en regiones se hacen verdaderos malabares
para subsistir. Me saco el sombrero ante la labor en lugares como el centro cultural Padre
Luis Gil Huasco, donde a pesar de tener un espacio con el techo roto y falta de
equipamiento, se las ingenian para entregar cultura a la comunidad; o en el centro cultural Pueblo Hundido de Diego de Almagro, donde la gestión local es fundamental para
mantenerse en pie. Siempre pensé que parte de los recursos del Royalty minero se
destinarían a equipar y potenciar de forma permanente estos espacios tan necesarios.

Considerar la cultura como un gasto y no como una inversión es un error garrafal. Una
cartelera activa y constante dinamiza la economía local y potencia el turismo.

Italia genera ingresos monumentales a través del turismo precisamente porque entendió
que la cultura es un motor de desarrollo que hay que cuidar y robustecer. Chile tiene un
potencial cultural enorme que ofrecer y es momento de aprovecharlo en el buen sentido.